La danza de la crianza en la adolescencia
- gabriela5871
- 30 sept 2025
- 4 Min. de lectura

Hace solo unos días, estaba sentada tomando un café, esperando a que mi hijo volviera del colegio. De pronto, sin previo aviso, escuché el estruendo: una puerta que se abre, un portazo violento, pasos apresurados, una ráfaga de viento que pasó a mi lado, y luego, otro portazo. Sí, mi hijo de 14 años acababa de entrar. No me saludó. Y cuando le toqué la puerta de su cuarto, me negó la entrada... hasta el cuarto intento, una hora después, y solo tras sobornarlo con un milk shake.
En un abrir y cerrar de ojos, ese niño dulce y dependiente que buscaba nuestras manos para cruzar la calle, comienza a cerrarse, a discutir, a distanciarse. Aunque parezca que no nos necesita, en lo profundo, aún nos busca. Como dijo. Winnicott: “Es una alegría estar escondido, pero un desastre no ser encontrado”.
Como madre y psicóloga, vivo en carne propia esta tensión constante entre sostener y soltar. Día tras día me pregunto: ¿Cómo me posiciono yo en esta nueva etapa, en esta era tan distinta a la mía y a la de mis padres? Hoy, ser madre o padre ya no es ejercer una autoridad incuestionable. La familia ha dejado de ser una estructura rígidamente jerárquica para convertirse en una red de vínculos más cercana, flexible y negociada. Nuestros hijos ya no nacen para obedecer; y nosotros, aunque deseamos serlo, no somos jefes absolutos. Somos, en el mejor sentido, socios en la negociación.
Ellos participan en decisiones, acceden a información, y dominan territorios tecnológicos, sociales, incluso sexuales, que a veces apenas comprendemos. Son, en muchos aspectos, autoridades en sus propios mundos. Pero esa autoridad propia no significa que no necesiten guía. Significa que necesitan otro tipo de guía. Aquí reside el gran reto, la delgada línea que nos obliga a ser guardianes fuertes y contenedores de sus emociones, decisiones y pensamientos, pero sin invadir su espacio.
Por eso, considero que la crianza actual se basa en tres roles complementarios que deben operar a la vez: Proteger, Dialogar e Individuar.
El primer rol es la protección. Nuestros hijos, por más informados que estén, siguen siendo emocionalmente vulnerables. Siguen necesitando límites, estructura y a alguien que les diga: "Aquí estoy. No importa lo que pase, estoy contigo". Esta protección va más allá de la seguridad física; se extiende al terreno psicológico: mostrar disponibilidad sin ser intrusivos, reconocer sus angustias sin minimizarlas, y lo más importante, establecer límites claros a nivel emocional. Es básico enseñar a separar el bienestar de uno del otro, el cuerpo de uno del cuerpo del otro, y los pensamientos de uno de los del otro. Sin estas fronteras claras, inconscientemente cruzamos la línea creyendo que la vida de nuestros hijos nos pertenece, puede ser fuente de trauma.
Aquí es donde muchos padres tropezamos. A veces confundimos el cuidado con la vigilancia, la presencia con la intromisión, la preocupación con el miedo. Nos cuesta aceptar que una parte fundamental de la protección es permitir que el otro se equivoque, explore, pruebe y se defina lejos de nuestras expectativas. Y sí, ese proceso duele. Nos asusta profundamente pensar: ¿Qué pasará si nuestros hijos se convierten en adultos distintos a nosotros? ¿Si eligen vidas, parejas o ideologías que difieren de las nuestras?
La teoría de Margaret Mahler sobre separación e individuación nos recuerda que los hijos no nacen para quedarse fusionados con nosotros, sino para diferenciarse. La adolescencia es, en esencia, una segunda individuación: un renacimiento.
Y aunque parezca obvio que deben ser distintos, en la práctica ese "distinto" a menudo se siente como "lejano," "extraño," o peor aún, como "erróneo." Nos descoloca que su forma de amar, de pensar, de vivir su cuerpo o de elegir su ideología difiera tanto de la nuestra que nos deje sin palabras. Frente a eso, es muy fácil caer en la crítica o el control. Pero si no respetamos esa diferencia, corremos el riesgo de reforzar un falso self (Winnicott): esa máscara que el joven adopta para no decepcionar a sus padres, pero que lo desconecta de su propia autenticidad. ¿Cuántos adolescentes juegan al fútbol por no defraudar a su padre, cuando en realidad quieren bailar ballet?
El verdadero self, ese núcleo creativo y auténtico, solo puede surgir cuando hay espacio. Espacio emocional, físico, relacional. Para ofrecer ese espacio, los padres tenemos que soltar nuestras proyecciones, dejar de usar la “autoridad” como refugio, y atrevernos a mirar a nuestros hijos como sujetos en construcción, no como versiones mejoradas de nosotros mismos.
En medio de todo esto, se encuentra el rol crucial del diálogo. Y no se trata solo de hablar, sino de escuchar realmente. De comprender que el adolescente de hoy tiene saberes propios, una autoridad subjetiva que merece ser reconocida. Ya no podemos "predicar" adueñándonos de la verdad absoluta. Necesitamos conversar desde una humanidad compartida. Por tanto, dialogar no implica simetría total; los padres seguimos teniendo una responsabilidad. No somos sus amigos, pero sí sus aliados incondicionales. Podemos mostrarnos accesibles, decir: "No sé cómo ayudarte, pero estoy acá" o "Somos diferentes, pero sé que vas a encontrar tu propio camino". Eso, muchas veces, es más transformador que cualquier sermón.
Nuestros hijos no necesitan ser controlados; necesitan que confiemos en su capacidad de crecer. Incluso si ese crecimiento los lleva por caminos que no entendemos del todo. Debemos reconocer como padres, que no podemos evitar ni prevenir el dolor, los errores, la frustración o los arrepentimientos. Tampoco podemos predecir sus aciertos o su felicidad. La realidad es que ese es el reto de desarrollo y madurez individual y subjetivo de cada uno.
Acompañar a un hijo adolescente es, en el fondo, acompañar una transformación mutua. No solo ellos cambian. Nosotros también. Nos toca soltar viejos mandatos, revisar nuestras propias heridas y atrevernos a ceder al proceso que permite una conexión mayor con nuestro propio crecer emocional y, así, una conexión más profunda y duradera con nuestros hijos, los futuros adultos.
El gran reto que tenemos por delante exige una decisión fundamental: priorizar nuestro desarrollo individual. Esto significa tomar distancia y aceptar la necesidad de nuestra propia individuación y separación (Mahler). Al sanar nuestras heridas, desmantelar el "falso yo" automático y liberarnos de patrones repetitivos, dejamos de proyectar expectativas. Solo así podremos escoger un camino de realización personal profunda y convertirnos, primero, en guías auténticas de nosotros mismos, y luego, en guías genuinas para nuestros hijos.


