Habitar la "No-Casa"
- gabriela5871
- 29 ene
- 5 Min. de lectura

"Desahuciado está el que tiene que marcharse, para vivir una cultura diferente", cantaba Mercedes Sosa con esa voz impresionante con la que es difícil no identificarse. Al escucharla, es inevitable detenerse a pensar en la migración como esa realidad —escogida o inevitable— que nos atraviesa tanto en lo objetivo como en lo subjetivo.
En mi propia vida, la migración no es un concepto de manual; es mi herencia emocional, el latido de mi historia internalizada. Es la biografía de mis abuelos, la de mis padres, la mía propia y, ahora, la que heredo a mis hijos. Aunque no me siento "desahuciada" en el sentido literal de la palabra, concuerdo plenamente con la poética del desarraigo: dejar un hogar para intentar transcribir la vida a otro escenario, otra cultura y otro lenguaje es un proceso doloroso; un reto que sacude los cimientos de la identidad.
Aclaro, por supuesto, que migrar es una oportunidad de vida: desde salvarla hasta reinventarse. Conocer nuevos horizontes, experimentar vivencias, conectarse con otros y encontrarse con partes de uno mismo desconocidas que son fascinantes. Pero, para efectos de este escrito, hago una reflexión sobre ese duelo inherente en cada experiencia en la que se pierde, en este caso, una vida, aunque se gane otra.
Las razones para marcharse son tan individuales como el viaje mismo. Están las migraciones crueles, forzadas por la urgencia de la supervivencia, donde el trauma es tan agudo que, como mecanismo de defensa, el sujeto deja de sentir para poder seguir caminando. Esas historias de "vida o muerte" que marcaron a mis abuelos y que, de alguna manera, siguen vibrando hoy en el árbol familiar.
Pero también quiero detenerme en esos otros viajes: los que nacen desde el privilegio de la decisión. Esos donde existe el espacio para pensar, discutir y elegir: “¿me quedo o me voy?”. Y aunque haya voluntad, el alma nunca sale ilesa. No se pueden prever los efectos que tendrá a todo nivel el acto de desatarse de lo conocido. A veces migramos buscando una oportunidad económica o por una necesidad familiar; otras veces, lo hacemos intentando llenar un vacío interno con la fantasía de que "lo nuevo" nos completará mágicamente.
Sin embargo, a veces esa necesidad de partir sin una amenaza aparente esconde una raíz invisible. Aquí resuena lo que Yolanda Gampel describe como la "radiactividad" del trauma. Como si se tratara de una bomba atómica que estalló generaciones atrás, el trauma emite una carga tóxica que se hereda simbólicamente de padres a hijos. Podemos internalizar hereditariamente la necesidad de huir o de buscar otro horizonte casi como una estrategia de subsistencia grabada en el inconsciente. Al migrar, a veces no solo buscamos un mejor futuro, sino que respondemos a dolores y mandatos que ni siquiera fueron nuestros, pero que siguen quemando y empujándonos a retos inimaginables.
El psicoanálisis nos enseña que lo que no se tramita con la palabra encuentra, inevitablemente, un destino en el cuerpo o en el acto. La migración actúa entonces como un potente disparador que nos lleva a toparnos con una vida emocional con la que no teníamos contacto. Emergen partes nuestras que estaban allí, agazapadas, y que eran —como decía Christopher Bollas— ese "sabido no pensado": experiencias internas y saberes sobre nosotros mismos que han marcado nuestra estructura, pero que nunca antes habíamos logrado formular o sentir conscientemente.
Recuerdo a "Nadia" (seudónimo), una joven de 28 años que llegó a mi consulta. Ella había migrado de Rusia a los seis años. En su relato consciente, todo había salido "bien": aprendió el idioma, se graduó, hizo amigos. Sin embargo, décadas después, ante la decisión de someterse a una cirugía bariátrica, los traumas de su migración —que habían permanecido en estado de latencia— emergieron con una fuerza física demoledora.
"Yo era delgadita, delgadita", me decía con una angustia profunda, "pero al venir acá empecé a comer sin parar... míreme ahora".
Mientras sus padres luchaban por sobrevivir en un país extraño, aceptando trabajos ajenos a sus profesiones para sostener la economía familiar, Nadia quedaba al cuidado de extraños. En esa soledad, fue víctima de abusos físicos, emocionales y sexuales que nunca nombró. Su silencio no fue olvido; fue un mecanismo de supervivencia para no ser "un peso más" para sus padres, quienes ya cargaban con el peso de dejar ir y el esfuerzo de construir una nueva vida. Como describe Joyce McDougall en sus Teatros del cuerpo, Nadia convirtió su propia carne en el escenario donde se representaba el drama que no podía decirse. Su aumento de peso era una forma de "anclarse", de ocupar un espacio físico indiscutible en una cultura donde se sentía invisible o incierta.
Este desbalance nos enfrenta a lo que Freud llamó Das Unheimliche (lo ominoso, que se conoce también como lo "no-hogar"). Es esa sensación extraña donde lo que debería ser familiar —nuestra casa, nuestra lengua, nuestro propio cuerpo— de pronto se vuelve ajeno y hostil. Es una sensación muy singular y compleja, ya que percibimos algo como familiar y extraño a la vez. Freud explicaba que lo ominoso es aquella realidad que debería haber quedado oculta, pero que ha salido a la luz y no se puede negar. El migrante, en ocasiones, vive en la tensión de la "no-casa", sintiéndose extranjero incluso dentro de sus propias cuatro paredes, porque ha perdido los referentes que sostenían quién era él ante los ojos de los demás.
Todo esto debe ser entendido como reacciones inconscientes que no siempre tienen una lógica narrativa secuencial. Emigrar, dejarlo todo atrás y enfrentar el reto de volver a empezar es un acontecimiento de vida trascendental. Como tal, despierta emociones intensas y puede ser el disparador que trae a relucir eventos que habían quedado enterrados en los mares de la mente, a veces sin nombre y sin descripción.
Es en este punto de quiebre donde la visión de Viktor Frankl complementa profundamente la mirada freudiana. Si Freud nos ayuda a entender por qué nos sentimos desarmados y cómo el pasado nos habita, Frankl nos ofrece la base para reconstruirnos sobre esas ruinas. Él nos enseñó que, aunque no podamos controlar la dureza de la realidad inmediata o las amargas circunstancias del destierro, conservamos siempre la libertad íntima de decidir cómo reaccionar y qué posición tomar frente a ellas.
Cada personalidad y cada historia emocional posee, en su núcleo, las cualidades para reaccionar de forma distinta frente a eventos similares. La mayor enseñanza de Frankl es el valor para actuar incluso cuando no se ve la luz y las fuerzas están debilitadas por la desesperanza. No es un optimismo ciego, sino una búsqueda creativa de herramientas para una adaptación auténtica. Se trata de encontrar, en medio del caos del "no-hogar", las bases para una reinvención que no ignore el dolor, sino que lo use para sanar y encontrar un nuevo orden de vida que tenga lógica, sentido y conexión.
Migrar es, en última instancia, desarmar una estructura para intentar armar otra. A veces, en el afán de encajar, dejamos jirones de nuestra identidad en el camino. Pero reconocer esas heridas, nombrar lo "no pensado" y rehabilitar el alma es el primer paso para que el "no-hogar" deje de ser un fantasma y se convierta, finalmente, en un lugar propio. El viaje no es solo de un país a otro, sino de la negación a la integración; un camino para rehabilitar el cuerpo y la vida, abriendo por fin esos cajones del alma que estaban cerrados con candado para buscar un crecimiento que, aunque doloroso, es profundamente potente y auténtico.


