Insomnio
- gabriela5871
- 5 dic 2025
- 4 Min. de lectura
Actualizado: hace 12 horas

“El inconsciente es un vasto océano inexplorado. ¿Y qué es la noche, sino el mar en el que navegamos a ciegas?”
Carl Jung
¿Qué nos mantiene despiertos en la noche?
Esa es la pregunta que martillea a las 2:25 a.m. Damos una vuelta, luego otra. Intentamos contar nubes, proyectarnos en una playa, lo que sea. Pero en lugar de paz, llegan los flashbacks de pensamientos insoportables, o peor, irrelevantes: ¿Olvidé enviar ese correo? ¿Qué cocinaremos mañana? ¿Habrá llegado al tope la tarjeta de crédito a mitad de mes? ¿Comí demasiado... o comí muy poco? Es una ironía cruel: justo cuando intentamos relajarnos, soltar el control y entregarnos a la opción de dejar ir la conciencia, nos sucede todo lo contrario.
La mente se convierte en una alarma interna que se niega a apagarse.
Matías (un seudónimo), un hombre de 48 años con un alto cargo administrativo, llegó a consulta sintiéndose torturado. Su insomnio insoportable le impedía dormir profundamente hacía meses, sin razón aparente. Tras un tiempo de terapia, su alma se abrió y el sueño volvió. Pero hace dos semanas, ¡boom! La tortura regresó. Las ojeras eran notables, el mal humor, la torpeza, el olvido. Y con ellos, las "malas costumbres" que solo empeoran el ciclo y a él no le importaban: vino tinto, chocolate amargo, café negro y un cigarro. Matías venía desesperado, muy enojado, sin poder dar explicación al regreso de sus síntomas tan incómodos.
Así como cualquier síntoma, el insomnio levanta el gran interrogante: ¿Qué función está cumpliendo en las necesidades mentales y emocionales de Matías? ¿Por qué aparece, se refuerza e insiste en mantenerse?
Las respuestas normalmente tardan en llegar, son indirectas, contradictorias, y muchas veces se filtran. Porque al ir abriendo las puertas de lo que causa tanta ansiedad que no permite dormir, nos topamos con temas inconscientes, no elaborados, temerosos a aparecer justo cuando nos relajamos, cuando "we let go".
Freud nos enseñó que el sueño es la "vía regia hacia el inconsciente", donde nuestros conflictos y deseos reprimidos se disfrazan. Soñamos aquello que no logramos tocar de forma directa, sea por temor, vergüenza, traumas, o partes de nuestra personalidad que desconocemos o negamos.
Wilfred Bion llevó esto más lejos: el problema no es solo lo que soñamos, sino nuestra capacidad para soñar. Bion nos dice que la mente necesita procesar las emociones crudas, lo que él llamó elementos beta, y transformarlas en elementos alfa o "pensables". El insomnio es la señal de que la mente está inundada de material beta no digerido. No podemos dormir porque no podemos soñar nuestros miedos. La psique prefiere la vigilia ansiosa antes que enfrentarse al material que no ha podido metabolizar. ¿Y por qué sucede esto? Porque no podemos mentalizar todo ese mar de emociones confusas, contradictorias y desconocidas. Necesitamos algo o alguien que nos ayude a descifrarlas y, crucialmente, a contenerlas.
El analista Thomas Ogden también resalta la capacidad de soñar como la función principal de la psique. Si no podemos soñar, la experiencia se siente demasiado real, literal y peligrosa. El insomnio es el resultado de la ansiedad que teme a lo que el inconsciente liberaría, manteniéndonos en una vigilia literal para evitar el trabajo simbólico.
Recuerdo, por ejemplo, cuando yo tenía 11 años, en esa preadolescencia donde inician muchas ansiedades. Una amiga dejó de dormir. Venía a mi casa y me pedía que me quedara acompañándola hasta que saliera el sol. Comíamos papitas con queso crema y nos manteníamos despiertas jugando y hablando hasta que ella, al ver los primeros rayos de sol, lograba conciliar el sueño.
En aquel entonces, decía tener miedo a los ladrones. Pero a nivel inconsciente, con los años pudimos entender que la partida de su madre fuera del país por la enfermedad de su abuelo, y luego el fallecimiento de este, la había encontrado con otros miedos inconscientes: la relación con su madre y las figuras internalizadas, su desarrollo hacia la feminidad y el miedo a la muerte.
Ogden diría que, para ella, la ausencia de la madre (la pérdida) no se había convertido en un sentimiento de "estar triste porque mamá se fue", sino que se había quedado como la sensación concreta y peligrosa de que "la noche es un lugar sin protección". Su mente estaba en una vigilia literal, temiendo no a los ladrones en sí, sino a que la realidad emocional de la pérdida y el abandono inconsciente la inundara si bajaba la guardia.
Pensemos en Matías: en lugar de soñar su frustración por no ser feliz, tenía flashbacks sobre su tarjeta de crédito. Su mente estaba lidiando con el enorme y doloroso conflicto de identidad transformándolo en preocupaciones prácticas y reales. La angustia (el elemento beta no procesado) de su arrepentimiento existencial se manifestaba como insomnio y ansiedad literal sobre las finanzas.
En el caso de Matías, su insomnio, con el tiempo, fue permitiéndole hablar de esa crisis de identidad profunda a la que no le daba peso: "¿Soy feliz como soy? ¿Qué me gusta, qué me atrae, qué me llena?". El insomnio era el centinela vigilando esas verdades temidas.
Es difícil hacer esta labor emocional solos. Poner en palabras y concientizar qué es lo que nos impide dormir. La terapia viene a hacer este trabajo tan vital, actuando como ese "contenedor" que Bion describía.
Simbólicamente, podemos imaginar nuestras emociones no procesadas como un vaso de agua hirviendo. Si tratamos de agarrarlo solos y la temperatura es demasiado alta, nos quemamos. La ansiedad es esa quemadura. El espacio de terapia funciona como una especie de "recipiente de barro" grande y sólido: un lugar donde podemos verter esa emoción hirviente. El recipiente no se quema, sino que la contiene, permitiendo que se enfríe, se asiente y se vuelva potable. Al compartir con el terapeuta ese material ansioso (el elemento beta), este nos ayuda a devolverlo transformado en algo con sentido (el elemento alpha). Es decir, el miedo visceral se convierte en pensamiento.
La terapia no nos convence de que no hay razón para temer y dormir “como bebés”, sino que, al poder entender y explicar ese material ansioso, logramos enfrentarnos a nuestro mundo interno y externo con mayor fortaleza, resiliencia y esperanza.
Cuando por fin el sueño nos acoge, no es un escape. Es nuestra psique haciendo su trabajo: transformando la angustia en algo soñable.


