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Ansiedad: trágame tierra

Eran las 5:00 de la mañana de un lunes cuando me desperté. Normalmente trato de no tomar el teléfono apenas abro los ojos, pero la adicción y la tentación me ganan. Al encender la pantalla, me encontré con siete mensajes de Oscar (seudónimo). La verdad, me asusté. Él nunca antes me había mandado mensajes; siempre llegaba a las citas puntual y semanalmente, manteniendo esa distancia respetuosa que lo caracteriza y el encuadre estricto que me caracteriza a mí.


Al ver que los mensajes habían sido enviados entre la 1:45 am y las 4:00 am, quedó claro que estaba atravesando un estado de desesperación absoluta. Eran frases cortas, casi telegramas de auxilio: “disculpe la molestia, no puedo respirar”, “qué pena otra vez, el corazón me va a mil”, “estoy empapado en sudor”, “dra, ¿qué hago?”.


Oscar tiene 27 años y es ingeniero de sistemas. Su historia es una de esas que se llevan en silencio: quedó huérfano de madre a los 15 años, un quiebre que marcó el fin de su adolescencia. Su padre vive con su hermana mayor, Susana, y la familia de ella. En terapia hemos navegado por el duelo no elaborado de su mamá y la compleja relación con Susana, quien asumió un rol materno que él agradece pero que, al mismo tiempo, siente como una sombra obligada y plástica que lo evalúa y lo asfixia. Hablábamos también de la pasividad de su padre, a quien siente que perdió cuando este se sumió en un duelo melancólico y se ahogó en una botella de ron. El tema central —su motivo de consulta hace un año y medio— era la posibilidad del encuentro con una mujer, algo que había quedado suspendido en la fantasía hasta que apareció Emilia.


Durante el último mes, Oscar trabajó las emociones de este vínculo real. Se cuestionaba su identidad y su masculinidad; decía no tener miedo a descubrirse homosexual, pero sí a sentirse en desventaja. Se preguntaba a qué patología psiquiátrica podía pertenecer, ya que sentía que el no haber tenido experiencia con mujeres "era una señal muy negativa y patológica". Expresaba sentimientos fuertes que oscilaban entre la envidia hacia otros "exitosos" y la idealización de una "mujer perfecta" que lo validara, lo cual lo mantenía paralizado. Pero era claro que debajo había motivaciones inconscientes que lo alejaban de su deseo.


Cuando llegó a consulta ese lunes, tras pasar la madrugada en emergencias, estaba roto. Llegó con muchísima vergüenza y culpa por haber "perdido los estribos", pero ante todo asustado: “¿Por qué a mí? Casi me muero, es lo peor que me ha pasado en la vida”.

Mi prioridad fue la contención. Quien ha sentido un ataque de pánico sabe que no es "solo nervios"; es la certeza inminente de la muerte, una experiencia traumática. Hicimos psicoeducación básica: su cuerpo estaba en alerta máxima ante una amenaza innombrable. Usamos herramientas de la Terapia Cognitivo-Conductual (TCC) para devolverle algo de suelo: cuando sobreestimamos el peligro y subestimamos nuestros recursos, el sistema de alarma se dispara. Estas estrategias no curan el origen, pero devuelven la potencia para seguir caminando. Y la recomendación técnica que nunca sobra: un vaso de agua es inminente.


Sin embargo, para ir al fondo, mi mirada se vuelve inevitablemente clínica y diversa. Pido disculpas a la "policía psicoanalítica o cientificista", pero creo de forma auténtica y natural que mi abordaje es integrativo. Como siempre, recurro a Freud, viendo la ansiedad como esa señal de alerta del Yo ante un deseo reprimido que puja por salir (las pulsiones, "el animal que llevamos dentro") o un castigo del Superyó (la ley internalizada); ese conflicto eterno entre el "quiero" y el "debo".


Pero es en la mirada kleiniana donde encuentro más sentido a su crisis y en la que me apoyo normalmente al hablar de ansiedad. Desde esta postura, no buscamos eliminar la ansiedad de inmediato. La ansiedad aparece desde lugares muy primitivos, como defensas del alma que responden a amenazas objetivas o subjetivas. Por tanto, al contrario: se trata de sostenerla para poder trabajarla. Aquel síntoma que se elimina —con o sin fármacos— sin ser analizado, se pierde como oportunidad de crecimiento y retorna como un bumerán.

Quienes me han leído sabrán que no sobra volver a Bion para explicar, de forma muy linda, que mi labor aquí se vuelve casi artesanal: se trata de tomar esos "elementos beta" (sensación de ahogo, el efecto sorpresa, inentendible, miedos sin nombre, sudor, taquicardia) y, a través de la palabra en sesión, transformarlos en "elementos alfa", algo que se pueda pensar y digerir. Es dar orden a lo caótico, dar palabras a lo que solo era impacto físico. Como bien señala Nancy McWilliams, la ansiedad nos dice mucho sobre la estructura de personalidad; en Oscar, navegábamos entre la ansiedad de desintegración y el peso moral de la culpa.


Esa sesión de lunes fue inolvidable. Agotado y asustado, Oscar relajó sus defensas. De forma auténtica y espontánea, se permitió por primera vez una honestidad cruda sobre Susana. Empezó diciendo cuánto la necesitaba en esa noche de terror y cuánto se aguantó de buscarla y llamarla, aunque era a quien quería a su lado para que lo acompañara al hospital; pero solo el hecho de pensar en la mezcla de acusaciones y tenerla "pegada" más que nunca, lo hizo optar por no avisarle. Habló de su amor por ella y su admiración por la fuerza con la que asumió el cuidado del padre y de él mismo cuando ella apenas tenía 20 años… pero admitió también que siente una gran aversión, odio y enojo. Por un lado, por sentir que lo hace sentir pequeño al culparla  de sentirse "débil e inútil", y por crear en él una dependencia que no quería y no consideraba necesaria.


En este proceso, el consultorio es un escenario. A nivel transferencial, Oscar empezó a depositar en mí esa figura materna perdida y la de la hermana perseguidora. Yo me convertí en el receptáculo de sus miedos. Y aquí entra mi contratransferencia: lo que Oscar me hace sentir. Siento por él un cariño genuino mezclado con una responsabilidad que a veces pesa. Me descubro queriendo "empujarlo" fuera de su zona de confort, o incluso sintiendo ganas de regañarlo por su pasividad; reacciones que me hablan más de su dinámica con su hermana que de mí misma. Reconocer esto es mi brújula para entender cómo se vincula él afuera.


Fue el inicio de un rompecabezas que aún sigue en proceso, pero que ha dado luz a lo que significa para él dar lugar a una mujer nueva: enfrentarse al amor, a la dependencia y al terror de una pérdida que ya conoce demasiado bien.


Hoy, meses después, ha tenido otros episodios. Ha vuelto a emergencias, pero ya no llega como víctima de un fenómeno extraño, sino como alguien que empieza a entender el idioma de su angustia. Ha logrado que esos sentimientos de culpa y vergüenza que traen consigo los ataques de ansiedad queden de lado, en un volumen más bajo, para dar lugar al crecimiento. Ese ataque de ansiedad fue un eslabón inigualable. Porque a veces, solo cuando el cuerpo nos detiene en seco, nos permitimos finalmente empezar a armar la historia de quiénes somos y de lo que tanto nos ha costado nombrar.

 

 
 
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