Blind Spot - El punto ciego
- gabriela5871
- 20 feb
- 4 min de lectura

Manejar por la General Cañas en un atardecer de enero invita a soñar despierto. Frente a esos colores del cielo costarricense —tan únicos que uno olvida, casi por hipnosis, que va a ochenta kilómetros por hora— me sucedió hace pocos días: iba tan absorta en el paisaje que, al acelerar para cambiar de carril, el estruendo de un pito, un frenazo seco y una sarta de insultos hacia mi persona (y hacia mi pobre madre) me devolvieron a la tierra de un golpe.
No lo vi. No porque no estuviera ahí, sino porque el otro carro ocupaba exactamente ese espacio físico y simbólico del que mi papá me advirtió desde que aprendí a conducir a los quince años: el bendito punto ciego. Ese lugar engañoso donde los espejos no llegan. "No te fiés de los espejos", me repetía él como un mantra, "volteá siempre la cabeza". Ese consejo me ha evitado muchos accidentes, pero ese día me distraje un segundo. Luego llegó la culpa y las preguntas típicas: ¿Cómo me pudo pasar esto a mí? ¿Cómo fui tan distraída después de tantos años manejando? Suerte que no choqué.
Tras el susto, me quedé pensando en la anatomía de ese vacío. El punto ciego no es una ausencia de objetos, sino una limitación del ángulo. Es el "elefante en la habitación" que todos esquivan; la palabra que se escapa en una conversación, la pregunta ambigua en un examen o la certeza absoluta de tener la razón en una discusión sin notar que estamos pisando el jardín del otro. No lo vemos ni visual ni mentalmente; mucho menos con el ego.
A nivel profesional, el punto ciego es nuestra herramienta de trabajo más engañosa, pero también la más reveladora. En la consulta, cuando estos puntos se buscan con paciencia, nos cuentan aquello que estaba oculto y sacan a la luz lo que el proceso terapéutico realmente necesitaba.
El caso de Camila, de 28 años, es un ejemplo fascinante. Llevaba meses en terapia desgranando con disciplina sus desamores, el estrés laboral y una relación de amor-odio con su madre. Camila era la paciente "perfecta": trabajaba duro, asumía su responsabilidad e indagaba en sus sueños. Sin embargo, algo era clarísimo: algo se estaba quedando fuera. Yo sentía una tensión en el aire, un ruido sordo que no terminaba de aterrizar en palabras.
Mi propio punto ciego, quizás, era haberme instalado cómodamente en el papel de "la que sabe", olvidando que, en el aquí y ahora de la sesión, el instinto a veces escucha lo que el intelecto ignora. Mi necesidad de ser una analista eficaz me impedía ver que Camila me entregaba solo la imagen controlaba que escogía que viéramos las dos.
Freud decía que el error —el famoso acto fallido— es la vía regia hacia la verdad que el consciente intenta ocultar. Fue precisamente un error mío lo que rompió el hechizo: un retraso involuntario en mi agenda hizo que Camila se topara de frente con otro paciente en la puerta del consultorio.
Ese quiebre de la privacidad la desbalanceó por completo. Entró nerviosa, incapaz de sostener su máscara habitual de eficiencia. Este incidente provocó un enactment: una "puesta en acto" donde la psicodinámica del paciente no se dice, sino que se actúa. Al verse expuesta ante el otro, el dique se rompió. Camila lloró largamente y, días después, pidió una sesión extra.
En ese segundo encuentro habló de su condena: ser siempre la buena. La que sostiene a sus hermanas conflictivas mientras ella finge madurez ante sus padres; la que escucha las crisis de sus amigas cuando, en el fondo, quisiera gritar que por una vez necesita ser sostenida. Al ver al otro paciente sintió celos voraces; envidiaba a quienes se permiten estar "mal". Su punto ciego era la imposibilidad de mostrar sus heridas por miedo a dejar de ser necesaria. Estaba atrapada en lo que Donald Winnicott llamaba el Falso Self: una coraza de perfección desarrollada para complacer al entorno, escondiendo su verdadero núcleo.
Pero lo más fascinante son las "casualidades" freudianas. Ese otro paciente, Armando, de 31 años, también escondía un punto ciego que se iluminó gracias al mismo incidente. Armando venía por el diagnóstico de infertilidad de su novia. Estaba sumergido en un duelo que lo hacía cuestionarse la relación, sintiéndose una "mala persona".
En ese ambiente de espontaneidad que Winnicott defendía como el único espacio de curación, me sentí movida a preguntarle: "¿De qué padece usted? ¿Hay algo en usted, a algún nivel, que sea problemático o enfermo?". Armando guardó silencio y esbozó una sonrisa entre vergonzosa y pícara: "Estaba esperando que me lo preguntara".
Resulta que Armando sufría de impotencia y de un pavor absoluto a la paternidad. Las parejas no se eligen al azar; la pulsión inconsciente nos lleva a buscar a alguien cuyo punto ciego encaje con el nuestro para mantener el sistema en equilibrio. Él se sentía "a salvo" con una pareja que no podía darle hijos, ocultando su propia incapacidad, conflicto, dualidad, detrás del diagnóstico de ella.
Aquí la teoría se vuelve carne a través de Thomas Ogden y su concepto del "tercer analítico": ese espacio intersubjetivo que se crea entre paciente y terapeuta. Durante meses, en mi reverie (ese estado de ensoñación donde procesamos lo no dicho), la necesidad de Camila de desintegrarse y el secreto de Armando pasaron desapercibidos, protegidos bajo el Falso Self.
El punto ciego nunca se elimina del todo —siempre habrá algo fuera de nuestra vista—, pero podemos aprender a no fiarnos tanto de nuestros espejos. De vez en cuando, hay que girar la cabeza hacia lo que más nos asusta mirar. La terapia no es solo ver lo que está ahí, sino aprender a mirar lo que hemos estado evitando. Reconocer que, aunque pongamos las manos en el fuego por nuestras verdades, siempre habrá algo que no vemos. Tener esa duda es, precisamente, lo que nos acerca a nuestro True Self y, por supuesto, a los demás.


